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Drawing Room Blues

Capítulo 3: Verre de rouge à la campagne: Bron-Y-Aur-Stomp

FRANCE | Thursday, 6 September 2012 | Views [793]

Cuando le decía a los franceses que iba a estar un mes en Ardèche, una región de Francia donde no hay ni una gare de tren, la gente se me quedaba viendo un poco asombrados, como si pensaran de que no sabía en lo que me estaba metiendo, como si fuera a un destierro voluntario. Quizás tenían razón, pero no me importaba mucho, tenía objetivos claros para esta ocurrencia. En Ardèche estuve haciendo wwoofing, que es una especie de voluntariado donde uno trabaja en una finca/granja, aprende un poco sobre la vida de la finca y la actividad particular de esa finca, y recibe alojamiento y alimentación gratuita. Como llevaba algún tiempo estudiando francés, decidí que esta era una muy buena oportunidad para mejorar el idioma y conocer un poco detrás de su cultura, de cierta forma ambos se complementan. También, me pareció una buena forma para conocer un poco mejor los trabajos donde no se está detrás de una computadora todo el día, como para variar un poco, y ver la vida desde un punto de vista diferente. Otro factor que le agregaba un poco de asombro a la gente era cuando les decía que iba a ir a trabajar a una granja de escargots, o sea, de caracoles, de los que se comen los franceses, y bueno, alguna otra gente en otros lados. Aún en Francia eso de comer caracoles es visto con un poco de... recelo, por cierta gente, y bueno, supongo que les resulta difícil comprender por qué a alguien de Costa Rica se le ocurriría ir a meterse voluntariamente a la región posiblemente más “aislada” de Francia, a trabajar con unos animales que para muchos resultan bastante repulsivos.

Para movilizarme hasta allá tuve que tomar un tren desde Toulouse, pero como dije anteriormente, Ardèche es una región que no tiene estaciones de tren, entonces fui a dar a la ciudad más cercana, y ahí me esperarían mis anfitriones, Hélène y Thierry, una pareja que hacía unos diez años había decidido que había tenido suficiente de la vida en la ciudad y se fueron a instalarse en la montaña, donde con bastante esfuerzo sacaron adelante su granja de caracoles. Para empezar con el pie derecho, al llegar a la gare de Valence Ville, pues busqué exhaustivamente y no los vi por ningún lado, di vueltas por la ciudad, y me resigné a que habían venido y se habían ido porque no me habían encontrado. La confusión fue a causa de un problema de nomenclatura, a esa estación yo llegué en un bus, procediente de la estación TGV que estaba a unos 10 km. del centro de la ciudad, y resulta que había una estación de buses y una de trenes, y yo no estaba consciente de la diferencia. Hubiera podido solucionar el problema con una simple llamada de teléfono, pero en mi SIM prepago sólo me quedaban 9 céntimos de euro y no me dejaron ni siquiera decir “a" antes de desconectarme. Eventualmente, con un poco de suerte, Hélène me encontró en la sala de espera de la estación, mientras yo trataba de buscar alguna red wifi disponible para tratar de comunicarme. Esta ligera confusión de una hora fue bastante estresante, y me hizo ver la necesidad de tener un celular funcional, aunque esta no sería la última vez que tendría problemas por no andar un teléfono que sirviera. En fin, una vez que me encontraron, Hélène y Thierry me llevaron hasta su casa. El escenario difícilmente podría ser más ideal para una postcard: la casa era construida en piedra, había un bosque a los 200 metros de la casa, los vecinos también tenían sus respectivas explotaciones agrícolas, habían unos que tenían un par de vacas, otro tenía gallinas, y el otro tenía una burra en el patio. La familia anfitriona la completaban 4 gatos, y 2 perras, Chipie y Belle.

Este entry sería increíblemente largo si intentara contar todo lo que hice en la casa de los Odasso, y la verdad esa no es la idea (empezando porque quiero tratar de ponerme al día con esta cosa eventualmente). La idea es relatar lo más sobresaliente, lo que vi y lo que aprendí en casi un mes de estar con ellos. Cuando los contacté, desde un principio yo les aclaré que mi propósito principal era mejorar mi francés, que ya llevaba estudiando un par de años en Costa Rica. Quiero decir que logré mis objetivos lingüísticos, no obstante, creo que me quedé un poco corto con mis expectativas. Creo que mi compresión oral si mejoró significativamente, no obstante mi expresión se quedó un poquito corta de lo que yo esperaba lograr. De todas maneras, creo que en las ocasiones que tuve para realmente hablar largo y tendido, pues saqué la tarea adelante, y la gran mayoría de la gente calificaba mi francés de “bueno” a “muy bueno”. Una vez alguien me dijo que si un francés dice que el francés de uno es “impecable”, entonces uno realmente habla un muy buen francés, pero de momento me deberé conformar con la segunda mejor cosa, supongo. Me consuelo pensando que bueno, ça ira.

Mi otro objetivo con esta parte del viaje era pues conocer un poco del tipo de trabajo que la verdad casi que nunca en la vida he hecho. Generalmente mi trabajo involucra más sentarme al frente de una computadora por bastantes horas, en vez de estar bajo el sol haciendo cosas al aire libre. Debo decir que la experiencia en este sentido fue bastante gratificante, y me hizo ver tanto las cosas buenas como las cosas malas de este tipo de trabajo. Definitivamente hay un sentimiento sumamente positivo cuando uno hace algo con sus propias manos y lo ve levantarse poco a poco, o cuando uno empieza a hacer una tarea algo monótona pero un poco exigente físicamente, y el tiempo se va sin que uno se de cuenta, sin mayores preocupaciones. Por otro lado, también me di cuenta de lo mucho que tienen que trabajar Hélène y Thierry para sacar adelante su finca. No voy a entrar en todos los pormenores del proceso para llevar los caracoles desde el criadero hasta una mesa, pero la verdad es que el trabajo es bastante agotador y de cierta manera un poco esclavizante. Ellos son sólo dos (cuando no tienen wwoofers como yo), y deben planear todo, alimentar los caracoles, asegurarse de que su espacio esté libre de malas yerbas, asegurarse de que no hayan muchos depredadores cerca, recogerlos cuando están suficientemente grandes para ser comidos, prepararlos, e ir a un laboratorio donde pasan hasta unos tres o cuatro días cada vez que van, preparando los diferentes productos que tienen a la venta. A veces me han preguntado si a ellos “les va bien”, y ciertamente pues no se están muriendo de hambre, pero tampoco se están haciendo millonarios con su criadero. En fin, pues definitivamente fue una buena oportunidad de experimentar un tipo de trabajo y de vida completamente diferente al que suelo llevar en suelo tico.

Otro de mis propósitos durante mi estadía en Ardèche era descansar un poco, luego de dos meses de un ritmo de viaje que fue pues... bastante intenso. Aunque ciertamente tenía que trabajar, y a veces el trabajo era bastante agotador, pues siento que sí logré descansar. Básicamente no era como que necesitaba no hacer nada durante todo el día, simplemente necesitaba descansar un rato de ese trajín de viajar, de estar moviéndose cada tres o cuatro días, ocupaba tener un hogar por un rato, si lo puedo poner de esa manera. Además, pues la verdad aunque el trabajo era cansado a veces, pues tenía bastante tiempo para descansar, y tengo muy gratos recuerdos de los largos paseos que tomaba con Belle y con Chippie por el bosque vecino, paseos que tenían el más fantasioso y bucólico encanto, paseos que parecían tomados de un pasaje de algún libro de cuentos de hadas.

El último de mis propósitos era conocer un poco más a fondo la cultura y la façon de vivre francesa. Ciertamente las grandes ciudades de Francia que visité me gustaron muchísimo, pero bueno, como parte de mi aprendizaje de la lengua, quería ir un poco más allá y conocer la Francia más real, si es que tal cosa realmente existe. Quería conocer la vida en las montañas de Francia, alejada del glamour de París y de la torre Eiffel. Quería conocer un poco más el estilo de vida de los franceses comunes y corrientes. Quizás no dé a basto toda una vida para conocer un país realmente, sobre todo si ese país no es el de uno, pero quiero creer que gracias a esta estadía de unas cuatro semanas en las montañas de Ardèche, pude comprender y experimentar muchísimas cosas de la vida cotidiana francesa, y entre cosas que no esperaba y algunos cuantos clichés que pude confirmar un poco, pues la pasé muy bien aprendiendo un poco más lo que no se puede enseñar en un salón de clase cuando se aprende una nueva lengua. Hélène y Thierry me hicieron sentir como alguien de su familia, como un hijo adoptivo por unas semanas. Pude ir a fiestas de su familia, y conocer a primos, hermanos, hijos, y mucha gente de su familia, que también me trataron como si fuera uno de ellos (incluso una hermana de Hélène me recibió en su casa por unos días para que yo pudiera conocer Lyon, pero sobre eso hablaré en otro post). Pude conocer pequeños pueblos cercanos a la finca, y pude ir a algunas actividades interesantes, como los mercados a los que iban mis anfitriones para vender sus productos, o incluso un festival de jazz en un pueblito pues bastante perdido entre las montañas. Comí y bebí muchísimas cosas deliciosas, desde los quesos después de cada comida, pasando por algunos vinos, hasta los mentados caracoles, que la verdad me gustaron, aunque su contextura fuera algo... extraña. Por último, pues creo que pude conocer un poco mejor la personalidad y el carácter francés, que debo admitir me desconcertaron un poco al principio, pero que llegué a entender un poco mejor conforme pasaron los días.

En fin, ciertamente Francia es uno de los destinos en los que más me enfoqué en este viaje (y bueno, según el plan, posiblemente sea el país donde vaya a estar más tiempo en total), y mi estadía en la casa de los Odasso fue una excelente oportunidad para mejorar mi conocimiento de la cultura francesa en casi todos sus aspectos. Fue un aprendizaje en muchos sentidos, y de eso se trata toda esta experiencia. Más allá de coleccionar fotos, o sellos en el pasaporte, pues se trata de aprender todo eso que sólo se aprende en otro lugar, lejos de casa, fuera de todo eso a lo que estamos acostumbrados. No voy a pretender tampoco que me acerco a cierta sabiduría particular, pero creo que he acumulado una lección valiosa o dos en el tiempo que llevo cargando una mochila de ciudad en ciudad, de país en país.

En fin, un domingo me despedí de los Odasso, y con mucha tristeza también de las perras, y me dirigí (haciendo carpooling) hacia París, para salir de Francia.


Mis anfitriones, Hélène y Thierry, en un día de mercado, que viene ser como una feria del agricultor.  Merci beaucoup, à une prochaine!

Mis anfitriones, Hélène y Thierry, en un día de mercado, que viene ser como una feria del agricultor. Merci beaucoup, à une prochaine!

Tags: escargots, europa, francia, wwoofing

 

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