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DIARIO DE UNA ASCENSIÓN. RIJANJI. LOMBOK. (III)

INDONESIA | Tuesday, 6 September 2016 | Views [271]

Amanece en Lombok. Sumit, RInjani.

Amanece en Lombok. Sumit, RInjani.

Sumit, 5.14 de la mañana. Conquistamos la cima del volcán Rinjani y no ha sido nada fácil.

No fue fácil levantarse a las dos de la mañana, tomar un té con galletas y ponerse a andar con la cámara de fotos, el frontal y un litro de agua. No fue fácil, aún con los músculos doloridos del día anterior, encarar la primera de las subidas. No fue fácil asimilar que no tenía las gafas empañadas sino qué el polvo que la gente levanta al caminar enturbia la vista. No fue fácil, tampoco, luchar contra el cansancio y el frío. No, no ha sido fácil.

La noche es cerrada, ni siquiera vemos Sumit, y sólo gracias a nuestros frontales somos capaces de intuir la senda por la que marchar. En los primeros metros de ascenso caminamos todos al mismo ritmo y eso hace acumularse a los diferentes grupos en los estrechos senderos, de ahí la gran polvareda.  El polvo en cambio no es el principal problema. El principal problema es que las piernas están cargadas del día anterior y además pisamos sobre un camino de tierra que hace hundir el pie en cada pisada, complicando la zancada y el avance del grupo. Es complicado también coger el ritmo, obligados continuamente a parar y esperar el turno para pasar por los surcos creados por la lava en el pleistoceno. Además, estos surcos no nos permiten ver más allá de nuestra propia pisada y no somos conscientes de lo que subimos.

Alcanzamos, al rato, la cresta del volcán. Un pequeño tramo más sencillo, sin tanta pendiente y con el terreno más estable que me ayuda a reagruparme a los 4 franceses de mi expedición. Parecen más expertos que yo y decido seguir sus pasos. Es durante este fácil tramo donde perdemos la protección de la montaña y el frío viento, que ya no desaparecerá en toda la ascensión, nos azota, obligándonos a abrigarnos al máximo.

Es el momento de disfrutar de las vistas. Si miramos hacia abajo podemos ver todo Lombok iluminado, donde sus habitantes duermen plácidamente mientras una panda de turistas se mata por ver amanecer en lo más alto de su isla (y segundo más alto de Indonesia). Si miramos hacia arriba vemos el cielo más iluminado que las propias ciudades, cubierto por cientos de miles, quizás millones, de estrellas. La vista es sobrecogedora, más aún cuando se aprecia la silueta de Rijani reclamando su trono en este paisaje nocturno.

El tramo más duro está por llegar. Antes de comenzarlo divisamos sobre nuestros pasos la cresta del volcán, que ahora es una hilera de linternas que se mueven con lentitud. Divisamos sobre nuestras cabezas, a lo lejos, alguna linterna que nos indica el camino despiadado que nos espera.

Este último tramo se hace interminable. En ningún momento la sombra del Rinjani se ve más cercana y dar cada paso cuesta incontables gotas de sudor. El suelo que pisamos vuelve a ser de tierra suelta, muy suelta. Cada avance implica un pequeño retroceso que exaspera y obliga a tener el cuerpo completamente en tensión para mantener el equilibrio y evitar caerse o deslizarse. La concentración en estos momentos, cuando más cansados y mas frío hace, es un exigencia más que impone Rinjani. Los músculos suplican parar, necesitan más oxígeno, pero el cuerpo insta a continuar el paso para no enfriarse aún más. Es una batalla en la que no hay ganadores, sólo perdedores.

Por si fuera poco, en uno de los tramos hay que usar las cuatro extremidades para pasar por entre los huecos de la lava, pero el frío en las manos empieza a ser preocupante y usarlas implica un dolor con el que tampoco había contado en esta ascensión. Cruzado este obstáculo encontramos un parapeto del viento que nos permite descansar sin que el frío nos haga tiritar. Hemos dejado de ver la sombra del Rinjani, lo que significa que estamos cerca y descansamos lo justo para el último impulso. Todavía de noche cerrada coronamos, a las 5.14 h de la mañana, y tan solo una pareja ha llegado antes que nosotros (y es que, al fin y al cabo, los jodíos franceses llevaban un buen ritmo).

Nos hacemos la clásica foto con el nombre y la altitud del pico y volvemos a nuestro parapeto a esperar el amanecer. Treinta minutos inmóviles, guardando nuestra temperatura corporal como podemos.

Amanece. Amanece y no hay palabras para describirlo. Y, aunque, supongo que estará influenciado por el gran sacrificio que ha supuesto, es el amanecer más sublime que mis ojos hayan visto. Creo que no estoy revelando ningún misterio a la humanidad al decir que todo placer es siempre mayor si detrás hay un esfuerzo o sacrificio, un placer más pleno e intenso. Lo creo firmemente y hoy es uno de esos días en los que esas palabras adquieren el significado.

Mientras los colores anaranjados van haciendo su aparición, el sol se descubre sobre el horizonte y la sombra del volcán se proyecta sobre la isla y el mar. Los primeros rayos de luz pasan entre las pequeñas montañas aledañas (quizás no tan pequeñas) y crean en el horizonte un juego de luces y sombras místico. Y cuando, por fin, apartas la vista del increíble amanecer es cuando te fijas en otros detalles, ninguno de ellos nimio. Como el volcán Agung, en Bali, de una forma cónica perfecta. Se ven también todas las ciudades de Lombok, las tres pequeñas islas Gili (Gili T., Gili Menor y Gili Air) y el lago que cubre el interior del propio cráter del Rinjani, en donde, además, hay otro mini volcán, aún humeante. Además, desde la cresta vemos el manto verde en la base de la montaña, surcado por cientos de huecos creados, en su día, por ríos de lava que conformaron todo la isla.

Mereció la pena, en eso no hay duda, y pienso que esta satisfacción es la misma que encuentran los montañeros en las excursiones que realizan con regularidad. Sin remedio me viene a la cabeza mi tía, que tanto ha viajado y tantas montañas ha subido en su juventud. De ahí su entereza, sus ideas claras y sus buenos consejos. Subir una montaña es un camino personal que ayuda a conocerse mejor y despejar la mente, concentrándose únicamente en que el siguiente paso a dar no te lleve al fondo del abismo. 

En la subida me preocupaba como de difícil y peligrosa sería la bajada pero me sorprende que bajar se convierte en un auténtico placer. Una agradable sensación recorre nuestro cuerpo mientras el sol, poco a poco, calienta nuestros músculos y articulaciones. No dejamos de sonreír pues en nuestras retinas (y cámara) han quedado grabadas imágenes irrepetibles y nos sentimos privilegiados pues somos conscientes que algo único nos acaba de suceder. Y esa sensación es, de nuevo, indescriptible.

Según bajamos, y seguimos admirando las diferentes vistas que ofrece el volcán, nos damos cuenta, ahora sí, del camino que hemos recorrido a oscuras con la ayuda de la linterna. Sorprende ver la gran pendiente que hemos subido sin ser conscientes. Además el lecho de tierra y lava que hemos estado pisando parece ahora más inestable y los pasos estrechos que cruzamos sin miedo se nos antojan en la bajada más peligrosos.

Llegamos, al fin, al campamento base sobre las 7.30, justo para la hora del desayuno y con el día por delante para aprovecharlo al máximo.

Tags: amanecer, lombok, placer, recompensa, rinjani, sumit, trekking

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