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DANAKIL: LAS PUERTAS DEL INFIERNO EN LA TIERRA. Parte 2

ETHIOPIA | Monday, 19 March 2018 | Views [249]

El inestable suelo de Erta Ale. Danakil

El inestable suelo de Erta Ale. Danakil

Esa noche dormimos en una guesthouse, que traducido es un casa particular con 3 habitaciones con colchones tirados en el suelo llevado por los niños del dueño, el cual lo único que hace es pasearse con cara de pocos amigos por el recinto.

Antes de dormir una ducha vendría genial, ya son demasiados días sin ducha y el calor puede hacer irrespirable el aire de nuestras abarrotadas habitaciones. Aunque a nosotros nos toca compartir habitación con los dos matrimonios japoneses que siempre parecen aseados.

Tan solo hay una ducha para todos y alentados por recomendaciones decidimos organizar un pequeño paseo hasta una catarata cercana, podría decirse que es un motín que el guía, Fish, no sabe como frenar. Finalmente cree conveniente acompañarnos y hace extensiva la invitación al resto del grupo. Aunque los que de verdad guían la expedición son unos niños del pueblo dirigidos por uno de ellos, Mili, pues Fish no sabe donde está.

Después del largo día, donde las temperaturas no bajaban de los 40 grados y con máximas de 50 grados, se agradece el agua fresca de la catarata masajeando el cuello y la espalda. El bote de jabón, casi repleto (he descubierto que no es fácil ducharse en África), lo gastamos repartiéndolo entre los niños que nos acompañan y por todos los lados aparecen pequeñas cabezas blancas del jabón.

El sueño de ese día es reparador y tenemos margen para dormir pues hasta las 10.30 no salen nuestros jeeps hacia nuestra siguiente parada: el Volcán Erta Ale.

El día transcurre, casi en su totalidad, en el jeep. Aunque no son muchos kilómetros el final del viaje es desértico y difícil de conducir por él. Lo bueno es que abundan los camellos, campando a sus aires, y las cabañas típicas de la zona, que forman pequeños poblados. Además los ´drivers’ dan rienda suelta a su habilidad para conducir en estas condiciones circulando libres, como los camellos,  por el desierto y en varias ocasiones vemos los jeeps adelantándonos, dejando una gran estela de polvo tras de sí como única referencia. Los últimos 20 kilómetros se complican mucho más al atravesar una zona volcánica y tardamos en recorrerlos más de una hora. Al llegar al campamento base vemos a los militares que lo habitan bailando y cantando como si fueran guerreros de otra época preparándose para la batalla, de hecho ellos serán el escuadrón que vigilará durante los próximos días las cercanías del volcán para evitar percances con posibles ataques eritreos contra turistas, el último registrado en 2013 (posterior a nuestra estancia hubo otro ataque a finales de noviembre).

En esta ocasión tenemos que esperar a que anochezca en el campamento militar (chozas de barro y paja) para que la llegada al volcán sea en plena oscuridad y podamos disfrutar del rojo intenso del magma bullendo bajo nuestros pies. Son cuatro horas de subida al volcán con nuestras linternas y con dos botellas de agua por persona. Detrás vienen 3 camellos que llevan los colchones que usaremos para dormir, las botellas de agua para nuestro regreso y una japonesa que prefiere hacer la ascensión cómodamente y le vemos bamboleándose dormida en los lomos de uno de ellos.

Llegamos al ‘summit’, que dicen por aquí, del volcán pero aún no vemos más que la columna de humo que sale del cráter. Tenemos que esperar al resto de la expedición para cruzar el pequeño valle que nos separa del cráter y del lago de magma. Mientras esperamos nos preparamos con nuestros pañuelos sobre la boca y la nariz para evitar respirar demasiado sulfuro de la nube contaminante que expide el volcán. Todo muy rudimentario hasta que vemos al verdadero profesional del grupo: el ruso. De su mochila saca una máscara preparada para un ataque nuclear y unos guantes blancos, que en realidad no sé para qué le servían. En cambio su mujer, con la que todavía no le hemos visto hablar en todo el viaje (no estoy seguro si al ruso le hemos visto hablar con alguien), no tiene semejante preparación y se dirige al volcán ni siquiera con un pañuelo.

Cinco minutos es lo que nos separa del borde del volcán, pero se hacen largos. Se puede ver la excitación del momento en las caras iluminadas del rojo. También hay nerviosismo y el silencio entre todos nosotros es testigo, no todos los días contemplas algo tan espectacular y peligroso como lo que estamos a punto de ver. El guía chequea el camino golpeando con su palo el suelo que pisamos, de hecho en febrero fue la última erupción del volcán y aun hay partes del suelo recién creado e inestable que se deshace en algún mal paso que damos. También hay historias de fallecidos y nadie quiere tropezar y precipitarse al magma. Es precioso pero no parece agradable caer en él.

Llegamos al borde y la vista es alucinante. Podemos ver en el fondo del cráter, a unos 15 m de profundidad, como el magma fluye de un lado a otro y se forman las típicas burbujas de ebullición que en ocasiones explotan y mantienen en movimiento el magma. Tan solo hay 5 sitios en todo el mundo donde se puede ver un lago de magma en ebullición pero hay pocos tan accesible como este. Lo único desagradable es el olor, sobre todo cuando la columna de humo cambia repentinamente de dirección y nuestros pulmones se llenan de agrio sabor a sulfuro, ¡cómo se las sabías el ruso!

En el summit el tiempo pasa rapidísimo, el fluir del magma rojo nos hipnotiza y el tiempo parece detenerse. Es Fish, el guía, el que nos devuelve a la realidad y tras 2 horas (¿de verdad han pasado 2 horas?) hace que vayamos al campamento donde haremos noche. En este caso el campamento son unos colchones tirados en el suelo donde, otra vez, dormiremos ‘à la belle etoile’ escuchando de fondo la agonía de la Tierra en su rugir por mostrar el verdadero poder de la naturaleza.

Dormimos escasas horas. No podemos permitirnos el lujo de esperar a que amanezca. No seríamos capaces de andar bajo el calor que sufren los habitantes de la región afar. Cuando amanece ya estamos a tan solo 30 minutos del campamento base y en tan solo esa media hora de camino llegamos sofocados al campamento base. Menos mal que nuestro driver nos espera con botellas de agua preparadas para beber y para darnos el inmenso capricho de usar una de ellas para una pequeña ducha refrescante.

El núcleo duro del grupo formado por el lobo solitario austríaco, el hindú de Emirates, el dentista francés y nosotros nos sentamos en el suelo, protegiéndonos del sol bajo la escasa sombra que proyecta nuestro 4x4. Como si de un grupo de militares se tratara, comentamos nuestra exitosa misión a la subida del volcán. Relajados, distendidos, sabiendo que hemos compartido una experiencia única de la que hemos salido con vida y más vividos.

Nuestra próxima, y última, parada es el un lago salado, estilo mar muerto. Aprovechamos para bañarnos y flotar gracias la gran cantidad de sal que hay en el agua. De hecho hay salinas alrededor de este lago, más convencionales e industriales que las vistas hace un par de días. Una de las diferencias de este lago con el mar muerto es que el agua aquí está templada, tirando a caliente, supongo que el volcán vecino ayuda a mantener esta temperatura. Lo que sí es igual que en el mar muerto es el escozor de las partes del cuerpo con heridas y rozaduras. Y después de estos días hay unas cuantas. Así que salimos corriendo a desalarnos en un pequeño estanque del que mana agua dulce, esta mucho más caliente que la del lago pero perfecta para su propósito. Y es que en esta región uno se encuentra todo tipo de maravillas de la naturaleza.

Una vez limpios, desinfectados y desalados comemos por última vez con el grupo. Nos despedimos de casi todos ellos, sabiendo que Etiopía es pequeña y seguro que nos cruzamos en algún otro atractivo de este gran país, por ejemplo en nuestra próxima parada, Lalibela, o en los cuarteles generales de Bisrat, principio y fin de cualquiera que quiera aventura en Etiopía.

Tags: amanecer, camellos, etiopía, trekking, volcán

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