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SIKKIM Y EL SILENCIO

INDIA | Monday, 29 August 2016 | Views [398]

Manis in Khecheopalri lake. Sikkim.

Manis in Khecheopalri lake. Sikkim.

Sssssssssssssssssssssssssssssssssssshhhhhhhhhhh….

Sssssssssssssssssssssssssssssssssssshhhhhhhhhhh….

Silencio.

Llegamos a Sikkim y el propio nombre de la provincia ya invita al silencio.

Cruzamos el límite entre West Bengal y Sikkim y todo cambia. El coche que nos traslada a Gantok, la capital, serpentea por entre las montañas y no me lo puedo creer, no usan el claxon, ni siquiera cuando se crean pequeños atascos causados por los desprendimiento de tierras (landslide). El silencio, en esta parte de la India, es una de sus señas de identidad, una de tantas, todas buenas.

Despertamos en Gantok y como es habitual no tenemos pensado nuestros siguientes pasos ni qué nos encontraremos. Y eso es excitante. Visitamos la ciudad, paseando por las calles céntricas y el contraste con Calcuta es abismal. Más allá del silencio encontramos un ambiente sosegado, con la estatua de Gandhi presidiendo la calle principal y papeleras. ¡¡¡Por dios!!! No había visto una papelera en semanas. Si no fuera por la piel oscura de sus habitantes uno podría creerse en cualquier pueblo de montaña de los Alpes (quizá diga esta locura porque nunca he estado en uno de ellos).

Sin nada planeado para los próximos cuatro días preguntamos a los locales y a diferentes agencias. Algo habrá que hacer. Y tant! Con nuestro conductor, y luego amigo, Ji nos disponemos a conocer Sikkim en profundidad. La primera parada, bastante cercana a Gantok, es el monasterio de Rumteck y sorprende. Me quedo sin palabras y no solo porque el monasterio fuera precioso y los pequeños monjes, siempre de rojo y naranja, fueran todos fotogénico. También cuenta el efecto sorpresa. No esperaba una parte de la India como la que acabamos de descubrir. No tenía expectativas. Ninguna. No había leído, ni visto fotografías. Tan solo una corta conversación sobre Sikkim con una persona apasionada de la región nos bastó para animarnos a visitarlo. Y la sorpresa es mayúscula. Diría que superó mis expectativas, sino fuera porque no tenía ninguna. Otra lección nueva aprehendida en este viaje: “ Expectations are premeditated resentiments” (Thought for the day de Nalanda V.P. School- 29/07/16).

Y las sorpresas no paran de suceder en el viaje por las carreteras de Sikkim y no es de extrañar. Aunque Sikkim es el gran olvidado entres sus regiones colindantes, a saber: Nepal, Tibet y Bután, demanda a gritos una posición más digna entre ellas.

La primera de las sorpresas, y más impresionante: el propio viaje por las carreteras. El pequeño coche de Ji nos lleva por los estrechos caminos de las laderas de las montañas, bordeándolas, para llegar al siguiente punto de interés y la vista que ofrece la mismísima cordillera del Himalaya nos quita el aliento (el término inglés breathtaking suena mejor).

Ahora mismo mi mente no recuerda (o no quiere recordar), un paisaje tan verde, tan espectacular, tan virgen, tan auténtico, tan salvaje. Y no aparto la mirada del paisaje y hago millones de fotos que luego borro porque no hacen justicia a lo que se muestra frente a mi. Porque ni mil palabras, ni una foto retocada con el photoshop podrán igualar ese paisaje y, ni mucho menos, la sensación de libertad. Ahora logro entender porque es necesario solicitar un permiso especial para entrar en la región, incluso sellan el pasaporte como si de un país se tratara. Quieren asegurarse de preservar intacta la belleza de este lugar.

El siguiente templo, Tashiding, también sorprende. Ya no solo por sus construcciones, que tampoco desmerecen con sus estupas blancas envueltas en el misticismo de la niebla. Sorprende, esta vez, porque compartimos la vida de sus monjes por unos instantes, que parecen horas. Inmersos en sus oraciones y mantras, fuimos testigos de cómo el tiempo parece detenerse por completo y con su ritmo, constancia, poder de concentración y meditación contagian de paz interior a cualquier espectador. Porque en el fondo me creo espectador privilegiado de una función representada, tras innumerables horas de ensayo, expresamente para mi.

Sorprenden también las humildes guest house en los que dormimos, ya sea perdidos en medio del bosque o en las villas montañosas (que se componen de una sola calle). Coloridas, sencillas y con caseros encantadores que ofrecen unas vistas, como no, espectaculares.

También liberamos nuestra propia guerra personal contra las “leeches” (sanguijuelas), en lo que luego se convertiría “leechesgate”. Cada vez que salíamos del coche todo era campo de batalla y la sangre de nuestros pies (y otras zonas) son su alimento preferido. La defensa es estéril pues la condición de ser humano nos hace pisar siempre un suelo repleto de ellas. Nuestra único objetivo: eliminar al enemigo antes de entrar nuevamente al coche, para así crear una zona “leeches-free”. Todo, todo es siempre relativo, y nos alegra saber que nuestras leeches eran pequeñas en comparación con las que tenían las vacas del lugar y que, además, no podían hacer nada para quitárselas, por suerte para sus dueños que luego podrán cocerlas y obtener así unas suculentas morcillas de Sikkim (true story).

También nos impacta el Khecheopalri lake. A primera hora de la mañana somos los únicos visitantes y la calma es absoluta. Ayuda el silencio, ayuda el lago rodeado de colinas de un espeso verde, ayudan los pequeños manis del paseo, ayuda el ondear de cientos de coloridas banderas tibetanas. Todo junto crea una atmósfera única en Sikkim. Incluso, dice Ji, los practicantes de magia negra lo saben y en la oscuridad de la noche usan el lago para sus ceremonias. Ji nos aconseja no ir a esa hora del día pues el lugar está maldito y es posible ver a demonios sin cabeza y con luces en los hombros que, dice, te joden la vida. El mismo Ji vio uno y tardó en recuperarse de esa maldición.

Las banderas tibetanas merecen una mención especial pues son hipnóticas al ondear con el viento. Sus colores (blanco, azul, amarillo, verde y rojo), el sonido y el contraste con el intenso verde del entorno otorgan a templos, bosques y, en definitiva, cualquier lugar, un embrujo especial en esta parte del mundo.

Los manis son también especiales. Se trata de cilindros, en los que los budistas depositan en su interior objetos sagrados o mantras, a los que hay que hacer girar en el sentido de las agujas del reloj para encontrar la paz, relajarse, tener más suerte o ser más feliz. Son también hipnóticos y puede haber una hilera de cientos de ellos a lo largo de un paseo o uno enorme dentro de un templo diseñado expresamente para darle cabida. Son, desde luego, otra seña de identidad de esta cultura que inspira armonía.

Tenemos también la suerte de compartir un tiempo con las monjas en su monasterio y todo es igual, pero diferente (same same but different). En sus oraciones y mantras tienen más ritmo, más alegría y en su trabajo parecen más organizadas. Podemos ver  diferentes labores en las que ocupan su tiempo: preparan mantras para un nuevo templo que están construyendo, riegan el huerto, rezan o cortan la leña para poder comer caliente. Una de ellas se acerca y nos ofrece dulces y bizcochos para alegrarnos el día. Lo consiguieron y no solo por los dulces.

No dudábamos ya de la gran labor de Ji como conductor y guía, pero además, otra de las grandes ventajas era que conocía a muchas personas por el camino. Una de ellas, y su mejor amigo del colegio, nos invitó a conocer su casa con unas vistas geniales y a su familia. Compartimos vasos enteros de tequila casero mientras nos contaba como era su vida en Sikkim (resulta que la mayor parte de cardamomo de la India proviene de estos lugares, ¿quién lo iba a decir?), a qué dedicaba el tiempo libre y donde estaban cada una de sus hijas.

Con el sabor de Tequila en la boca llegamos a nuestro último destino, Pelling. Un pueblo desde el que dicen se pueden ver grandes montañas. Pero dada la época del año las nubes tan solo nos dejaban ver las más cercanas. No importaba. Sikkim ya nos había ofrecido mucho. No obstante no desistimos, hicimos un último intento y ascendimos a pie hacia el monasterio Sanghak Choeling en una colina escarpada cercana a la ciudad. Según subíamos íbamos dejando las nubes a nuestros pies y por momentos el optimismo se adueño de nosotros. Aunque no, no vimos el famoso ochomil, la caminata tubo su recompensa. La cordillera de montañas con su manto de nubes se mostró ante nosotros como un broche final indescriptible a nuestra estancia en Sikkim. Tuvimos, además, un bonus del monasterio y conocimos a Tenjin Lama que nos explicó desde la formación para convertirse en Lama (miles de horas de meditación) hasta como hacía él meditación y yoga. También nos invitó, al día siguiente, a una celebración y encantados aceptamos aparecer a primera hora.

Así hicimos y la mañana siguiente, última del viaje, subimos nuevamente a pie el camino hacia el monasterio. Cuando llegamos a la cima, donde está el monasterio, Sikkim tiene la última de las sorpresas preparada y despliega ante nosotros las llamadas Tres Reinas, entre ellas el Khangchendzonga (la tercera montaña más alta del mundo, después del Everest y del K2, con una altura de 8.586 metros, Wikipedia dixit). Más de 8 kilómetros de altura de montaña frente a nosotros. Una vista alucinante que nos dejan, una vez más, sin palabras.

El trayecto de vuelta al aeropuerto (6 horas) es un auténtico rally. No podemos perder el vuelo y vamos justo de tiempo pues un desprendimiento ha destrozado el puente por el que deberíamos cruzar. Es hora de que Ji se ponga sus guantes de piloto de rally para dar lo mejor de sí por unas carreteras exigentes y unas montañas despiadadas. Como testigos imperecederos de este entorno hostil para cualquier vehículo aparecen en las cunetas innumerables vehículos destrozados, que nos despiden de esta gran aventura que ha sido Sikkim.

Y sí, Ji lo consiguió y no perdimos el vuelo.

Tags: budista, hymalaya, india, leech, monstario, montañas, sikkim, tibetano

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