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Siempre un poco más lejos La infantería nunca retrocede, da media vuelta y avanza.

WP 10 - Peregrino apasionado

SUDAN | Wednesday, 11 October 2006 | Views [5256]

Salam alekum, queridos infieles.

Aquí viene el décimo de mis tochos. Le he cogido gusto a esto de escribir. Es una actividad cojonuda para compaginar con el viaje, al igual que la lectura.

Continúo mi relato en el momento en que deje Jartum dirección a Egipto. Son mis días en el país que los árabes denominaron como 'Bilan as Sudán': la tierra de los negros. Y la región del norte de Sudán que voy a recorrer es Nubia, palabra que significaba 'oro' en el idioma del antiguo Egipto.

Sudán es negro, Nubia es oro, Eritrea es roja - como el mar que la baña -, Etiopía es el país de los rostros quemados, el Nilo que nace en Etiopía es el Azul, el que viene del interior de África es el Blanco... un viaje en technicolor.

♪... y la luz al nacer
descubrió un bonito mundo de color
Dabadabadabadabadaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ♪



MEROE REVISITED

El autobús en el que parto de Jartum es de lujo: reparten bebidas embotelladas, aperitivos, hay aire acondicionado, y para que no entre ni una pizca de calor, las cortinas van echadas. Afortunadamente yo fui casi todo el rato mirando el paisaje por una rendija, y pude ver las pirámides de Meroe (que había visitado una semana antes) cuando nos estabamos acercando. Pese a que se lo había explicado perfectamente, el conductor no tenía intención ninguna de parar allí, así que chasqueé los dedos (que es la forma en que aquí se indica en los buses que te quieres bajar).

No hay ninguna población vecina a las pirámides, y me encontré al borde de la carretera en medio de ningún lugar. Eché a andar hacia las pirámides y al rato acudió en mi busca un camellero. Concedí en que me llevara hasta la caseta de ingreso, donde pagué y me indicaron dónde podía acampar. No vi a ningún visitante más, solo las pirámides y yo, y las recorrí en soledad durante una hora mientras atardecía.

Después fui a recoger mi mochila a la caseta del guardián, que se piraba ya para su casa, y me fui bajo una acacia que había dentro del recinto de las pirámides, a unos doscientos metros de estas. Ahí me tomé un bocata de la vaca que ríe y monté mi tienda de campaña mientras se cerraba la noche.

Como no hacía frió me tumbé afuera, sobre el saco de dormir, a disfrutar del cielo estrellado (y diáfano, Mendrugo), y pese a que no había ninguna nube me pareció ver resplandores eléctricos a lo lejos, algo extraño.

Al rato de estar tumbado me sobresaltó el ruido de algo arañando la tela de la tienda. Acojonado pensé que podía ser un escorpión, pero resultó ser un escarabajo pelotero. Había muchos más por ahí llevando su pelota gigante cual Sísifos nocturnos.

El escarabajo fue adorado por los egipcios, y por lo tanto también está representado en los relieves de estas pirámides. Creían que el dios escarabajo, Khepra, hacía rodar al sol en su viaje por el cielo. Era el dios del sol naciente.

♫... y lo dejé todo por está soledad
ya se hizo de noche
y ahora estoy aquí
hice el sacrificio
abracé la luz al amanecer ♫

(Charly García y Spinetta)

Me levanto antes del amanecer y recorro las pirámides en la oscuridad durante más de una hora, hasta que amanece y abrazo la luz, como Charly, y como el escarabajo al sol naciente. Estoy un par de horas más recorriéndolas: son varias docenas repartidas en dos grupos. No hay nadie más, y en las dunas de arena que las rodean y amenazan solo hay unas huellas: las mías.

Recojo la tienda y me dirijo hacia la carretera. Diviso al otro lado un tercer grupo de pirámides, y allí que me dirijo... unos dos kilómetros con el lamentable mochilón 'made in China' colgando a un palmo de mi espalda, y bajo un sol que ya va pegando... maldito escarabajo. En ese tercer grupo no hay guardián, ni camelleros, ni vendedores, ni Cristo que lo fundó. El rudimentario cercado está por los suelos, y las recorro también a placer.

Vuelvo a la carretera a hacer dedo, y en menos de media hora me paran unos sudaneses en su 4x4 con aire acondicionado. Me llevan hasta Atbara.

On the road again.



DESIERTO BAYUDA

En Atbara tenía pensado hacer noche, pero me pasé antes de nada por la oficina de 'boksis' y resulta que en breve iba a salir uno para Karima, próxima etapa de mi viaje, y me apunto.

Los 'boksis' son el medio de transporte habitual en las zonas de Sudán no asfaltadas, como lo es toda la Nubia. Son 'pick-up', Toyota por lo general. Tres personas se sientan junto al conductor, y sobre la caja trasera, en cuyo perímetro van montados unos bancos rudimentarios, un número indeterminado de personas comprimidas, con sus equipajes en el centro.

Nada más salir de Atbara cruzamos el Nilo en un trasbordador, pues no hay puentes sobre el Nilo al norte de Jartum. Personas, vehículos y mercancías se congregan en ambas orillas esperando a que los transporten a la opuesta.

Tras cruzar el Nilo el boksi se lanza a 100 km/h sobre el desierto Bayuda. La pista está en un estado mejor del que esperaba, supongo que porque cerca de Karima, nuestro destino, está Merowe, donde se está construyendo una presa gigantesca; así que tardamos en recorrer este trayecto menos de la mitad del tiempo que indicaba mi guía. Se suponía que este tramo era el más duro de todo Sudán, pero incluso fuera de pista el desierto no parece muy temible. El panorama es monótono, un llano pedregoso formado por cantos no muy grandes y erosionados esparcidos sobre la arena. Después de haber estado en el atormentado paisaje del Dánakil, este desierto me parece una broma.

Son las horas más calurosas del día pero por suerte el boksi es cubierto y estamos a resguardo del sol. Lo que no podemos evitar es el aire caliente y polvoriento chocando a 100 km/h contra nuestros rostros.

Tras algo más de cuatro horas el boksi nos deja a orillas del Nilo, y cruzamos en un trasbordador a la opuesta, donde está Karima.

Tomo alojamiento ya de noche, y después de ir a inscribirme en la policía -requisito indispensable - me derrumbo sobre mi cama invadido por ese bienestar que solo proporciona el cansancio extremo.



KARIMA

El Gran Nilo, que tras pasar por Jartum discurre hacia el norte varios cientos de kilómetros, al llegar a Atbara comienza a girar hacia el oeste, y sigue girando hasta llegar casi a discurrir hacia el sur, para después girar a derechas y retomar su rumbo norte que ya no abandonará hasta desembocar en el Mediterráneo.

Describe así una 'S' tumbada en cuyo punto de inflexión, cuando el Nilo lleva casi dirección sur tras caer por su tercera catarata, se encuentra la población de Karima. Esta curva que describe el Nilo separa el desierto Bayuda, al sur, del Nubio, al norte, más arenoso que el primero.

Mi primera mañana en Karima, de camino a un embarcadero, paso junto a unos vapores abandonados en la orilla del Nilo y estoy un rato recorriéndolos. No son demasiado antiguos, pero tienen ese encanto de los mundos que dejaron ya de existir. Apoyados en esas verandas asomadas al Nilo no hubieran estado fuera de lugar Peter O'Toole haciendo de Lord Jim, ni Corto Maltés. Paso por la sala de maquinas, donde veo algo que me flipa: la rueda que indicaba a los maquinistas la marcha ordenada por el capitán... a toda máquina! Con la navaja suiza desmonto el disco y la aguja indicadora, y me los quedo de recuerdo. También había en el barco una oficina de correos, y numerosos camarotes distribuidos en varias cubiertas. En la superior está la cabina del timonel y, junto al timón, la rueda en la que se establecía la marcha del barco, conectada con la que había en la sala de máquinas por una cadena como de bicicleta, que trasmitía las ordenes del capitán...

"Oh Capitán, mi Capitán:
nuestro azaroso viaje ha terminado.
Al fin venció la nave y el premio fue ganado."

(Walt Whitman)

Después llegue al embarcadero, donde cada tanto una baquichuela cruza a la gente de una orilla a otra. Una vez en la otra orilla caminé durante dos horas entre canales de riego y palmerales, cruzándome con infinidad de gente que vive en - y de - está estrecha franja de tierra asediada por el desierto. Vi como recolectaban los dátiles subidos a las palmeras, pues era la época de recolección, y escenas típicas que no deben haber cambiado mucho en los cinco últimos milenios.

Tras este agradable pateo llegué a las pirámides de Nuri, y de nuevo no estaba por ahí ni el bedel. Una de estas pirámides es la de Taharqua, el más poderoso faraón nubio (dinastía XXV, Siglo VII a.C.), que pese a sus méritos tuvo la mala suerte de coincidir en el tiempo con unos asirios que desayunaban Cola Cao con Zumosol, y repartían hostias como panes. Total, que los nubios no gobernaron por mucho tiempo en Egipto y se tuvieron que volver para su Nubia natal. Muchas de estas pirámides están medio derrumbadas, otras colapsadas por completo, otras tienen dos inclinaciones, como la famosa pirámide romboidal de Saquara en Egipto. El estado de erosión, soledad y abandono le da una atractiva atmósfera de decadencia al lugar.

Regreso para Karima y, como a la ida, hago parte del trayecto subido en un 'caro' (carro sencillo compuesto por una plancha metálica sobre dos ruedas, y tirado por un burro) que me lleva amablemente... qué majetes son los nubios.

Regreso machacado por el pateo y el sol, me prescribo una siesta, y al atardecer me voy para el Jebel Barkal, montaña que los antiguos egipcios consideraban morada del dios Amón. Como los guardianes me echan la bulla (según la guía no hacía falta pagar), pospongo la visita para el día siguiente.

Mi hotel es el típico de estos lugares, aquí los llaman 'Lokanda'. Duermo en un patio con mogollón de camas alineadas y hechas con cuerdas entretejidas en un sencillo cuadro metálico. Entre tanta gente siempre hay alguien que ronca, menos mal que llevo mi reproductor de música que me sirve de barrera acústica, y aunque no duerma por lo menos no me vuelvo paranoico con los ronquidos. En todas las lokandas hay tinajas con agua turbia y fresca, y baños con la alcachofa de la ducha (que no siempre funciona) en la vertical del agujero negro que ya sabéis para que sirve... pequeños y funcionales.

Un día más que aparece Amón-Ra por el este, y me dirijo de nuevo a su casa, el Jebel Barkal, pero debe de estar haciendo algún recado pues no lo encuentro. Visito un pequeño museo, un par de templos, un grupo de pirámides como las de Meroe, pero mejor conservadas - alguna tiene hasta la 'puntita' -, y luego me subo al peñasco a cuyos pies se encuentra todo lo anterior, y que tiene unas vistas magníficas: el Nilo surcando el desierto vestido por dos franjas verdes.

Por la tarde me pillo un taxi a un pueblo cercano, "El Kurru", donde visito unas tumbas que conservan de puta madre sus pinturas, que reproducen la conocida iconografía egipcia: Anubis, Horus, Sekhmet, la barca solar con los babuinos a los lados, y el techo pintado de estrellas que dibujadas en hileras parecen más bien lentejuelas.

Al atardecer visito de nuevo los vapores varados, y de camino a estos la abandonada estación del ferrocarril, pues hace tiempo que cayó en desuso el ramal que llegaba hasta aquí.



DESIERTO NUBIO

A la mañana siguiente pillo un Boksi hacia Dongola, próxima etapa de mi viaje. Al igual que en el trayecto que seguí de Atbara a Karima, el boksi no sigue el curso del Nilo, sino que cruza el desierto por la trocha, en este caso el Desierto Nubio.

El Boksi no está cubierto y el castigo del sol se suma al aire caliente y el polvo, que en este desierto es más fino que en el Bayuda, de tal manera que la cara de los que van sentados detrás dejo de ser negra para tomar un apetecible color canela... casi daban ganas de darles un lametón.

♪ Hace calor en la cafetera
hace calor debajo de la higuera
hace calor pregúntale a quien quieras, pregúntalo ♪

(Kiko Veneno)

Es agradable sentir los elementos, aunque no llego al perverso placer que sentía Lawrence de Arabia al enfrentarse al simún...

"El simún parecía luchar contra la humanidad con malevolencia consciente, y resultaba placentero hacerle frente directamente, desafiando su fuerza"

... pero desde luego pienso que pretender conocer el desierto metido en un vehículo con aire acondicionado es como si te la pelas y no te sale.

En el boksi vamos trece personas en la parte de atrás, comprimidos hasta el límite, de tal manera que resulta casi imposible ni siquiera mover un pie. Los bultos los han atado al exterior, y en una parada a mitad de camino me doy cuenta de que mi mochila pequeña (donde llevo la documentación y todo lo de valor) la habían atado mal y estaba colgando tan solo de la única cincha que le quedaba sin romper - y que se me había ocurrido por casualidad pasar por unos hierros -. A un tris de perder todo en medio de la nada.

Tras cuatro horas largas el boksi nos deja de nuevo junto al Nilo, y cruzo en trasbordador a la orilla occidental, a la ciudad de Dongola.

Tengo una sensación recurrente durante estos días en Sudán: la de estar como en una nube... hasta que me doy cuenta de que es mi propio sudor el que me embriaga:

"Hay que estar siempre ebrio. Nada más: esa es toda la cuestión.
Para no sentir el peso horrible del tiempo, que os quiebra la espalda
y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin parar. ¿De
qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos."

(Charles Baudelaire)



DONGOLA

Tomo hotel y paseo por la ciudad. Hago amistad con un par de dueños de comercios. Uno de ellos me invita a cenar a casa de un amigo suyo, una casa nubia que parece un castillo amurallado, aislada en medio de un llano elevado. Me ofrecen 'snuff', un tabaco húmedo muy popular en Sudán: con él se hace una bola que se coloca debajo del labio superior, y se está unos minutos tragando el jugo que desprende.

Es increíble lo fuerte que es y lo rápido que pega. Tanto, que siempre que alguien me ofrece salta otro previniéndome muy seriamente contra ello.

Al día siguiente me paso por el mercado de camellos, lugar que tenía marcado como un jalón importante de mi viaje. O, como dice Diana, como una de las pantallas de mi Super Mario particular. La principal región de cría de camellos de Sudán es Darfur – la provincia del este de Sudán donde está ocurriendo el mayor desastre humanitario del mundo en estos momentos -, y el principal mercado de venta es Egipto. Dongola está en la ruta entre ambos lugares, y de aquí salen las caravanas hacia el norte siguiendo el Nilo. Llego al mercado y hay centenares de camellos, qué digo centenares... hondonadas de camellos. El conductor del rickshaw apenas habla ingles y lo único que puedo sacar en claro de los camelleros es que salen esa misma tarde, y que me puedo ir con ellos si me da permiso la policía.

El conductor del rickshaw dice que me lleva a la policía, pero le digo que no, prefiero ir a ver a Naim, el que me invito a cenar la noche anterior, que seguro que se ofrece a ayudarme. Dicho y hecho, Naim llama a un colega suyo policía que le dice que no hay problema con lo del permiso, y luego me acompaña a comisaría.

Tras una espera un tipo joven vestido de civil me indica que pase a una sala, y se pone a preguntarme cosas en un inglés muy deficiente. Yo intento responderle, y para hacerle comprender me ayudo con mi guía de viaje y con las fotos que he hecho... cuando me doy cuenta de que este tío no es con el que ha hablado Naim, que ni siquiera sabe que yo he ido allí a pedir un permiso, y que es un hijodelagrandisimaputadebabilonia, ya es demasiado tarde: me dice que para hacer fotos hace falta un permiso (ya lo sabía, pero hasta mi guía de viaje minimiza su importancia, y jamás me lo han reclamado, ni cuando en museos y yacimientos arqueológicos he preguntado si podía hacer fotos) y me dice que eso supone un año de cárcel. Me lo dice de tal manera que no me está amenazando, ni informando de la legislación sudanesa, me está diciendo que "Te acaba de tocar un año en una carcel tercermundista con todos los gastos pagados". Y seguimos para bingo: luego dice que el mapa de mi guía es ilegal, pues marca mal la frontera en conflicto entre Sudán y Egipto... el tío va a joderme, y a mí se me ponen de corbata y, simultáneamente, me cago encima... (metafóricamente hablando: ensucio los calzoncillos con una metáfora). Poniendo una excusa y medio escapándome consigo salir del despacho y avisar a Naim de que venga: "corre, ven, que se me quieren follar vivo". Tras media hora de charla, los jijijis y los jajajas van ganando terreno, y al final puedo respirar tranquilo... joder que mal rato sin comerlo ni beberlo.

Voy luego con Naim al mercado de camellos, y acuerdo el precio y la hora a la que tengo que ir. Van a ser unas dos semanas hasta llegar a Argym, punto de llegada de la caravana. A la tarde, cuando me despido de los del hotel, de casualidad me dicen que Argym no está en Egipto, como yo pensaba, sino en Sudán, enfrente de Wadi Halfa, en la orilla occidental del Lago Nasser.

Hablo con los de la caravana (con Naim de interprete, pues no hablan nada de ingles), y me dicen que, aunque Argym está muy cerca de Abu Simbel, no puedo cruzar la frontera por ahí, sino que debería cruzar a Halfa, y ahí coger el ferry a Asuán (que solo sale una vez a la semana).

De está manera ya no podría llegar a tiempo de ver a mi hermana en Asuán, con la que había quedado para hacer un crucero por el Nilo.

Mi gozo en un pozo: se desvanece en el último momento está ilusión que había alimentado durante meses, cuando casi estaba acariciando la joroba del camello con mi culo: ahí estoy yo con mi mochila, y ahí está la caravana lista para partir. Mecaguenrossssss!!!

Me paso más de una hora en la tienda de Naim, dándole vueltas y vueltas a la cabeza, hasta que se me ocurre que podría unirme a la caravana solo por unos días, algo tan sencillo y tan factible que maldigo mi falta de rapidez mental y sentido común (ultimamente estoy muy poco espabilado). Naim me lleva de nuevo al mercado de camellos, pero ya no están. Con su mierda de coche se mete al atardecer por una pista del desierto, y varios kilómetros más allá les damos alcance. Dicen que sí que me podrían llevar hasta cierto punto en el que una barca cruza a una población en la otra orilla.

Por culpa de Naim, que no me prestó atención cuando se lo dije, tenemos que volver a Dongola a por mi mochila. La recojo del hotel, y tardamos en encontrar un 4x4 que me quiera llevar hasta la caravana. El conductor dice que conoce el camino, pero no tiene ni puta idea:

vagamos de noche por el desierto, caracoleando, quedándonos atascados en la arena... yo estaba al borde de la desesperación más absoluta. Otra vez que tengo la caravana al alcance de la mano y se vuelve a esfumar de la manera más estúpida. Finalmente damos con unos camelleros que, tras marear la perdiz un buen rato - durante el que me aparté unos metros a jurar en arameo -, se deciden a montarse en el coche e indicarnos... varios kilómetros más adelante damos con la caravana... ¡Aleluya hermanos!.

Ahmed Mohammed Jamuda, el jefe de la caravana, asegura mi mochila a la silla del camello, me ayuda a subir y, como ve que no tengo ni guarra, lleva las riendas. Marchamos de noche durante dos horas y yo todavía estoy flipado, me parece irreal estar ahí, y mi cabeza aun anda perdida en los callejones (y calabozos) con y sin salida que ha recorrido durante el día.
Cenamos, y nos echamos a dormir en el suelo sobre una manta a eso de la media noche. Vaya día, vaya día... he practicado la flexibilidad anímica como un contorsionista cinturón negro.



CARAVANA (día 1)

Levantamos al romper el alba. En el cielo va difuminándose una afilada luna turca, como si fuera la sonrisa del gato de Cheshire.

Ya cojo las riendas del camello, es la primera vez que llevo las de ningún bicho. Mi experiencia más parecida había sido subido a los caballitos de los tiovivos... cómo pasa el tiempo.

No es difícil: se tira de la cuerda para el lado donde quieres que se dirija, y se arrea para que corra, aunque yo paso de llevar fusta. Para que se siente y poder bajarte tienes que tirar de la rienda hacia ti, y decir "Jjjjj Jjjjjjj" (como si estuvieses fabricando un pollo después de tomar zumo de limón).

La caravana marcha dividida en cuatro grupos de unos cien camellos cada uno, y los camelleros son una docena en total. Casi todos son nubios, pero al menos uno, Mohamed, es de Darfur, de donde vienen los camellos.

Como se nota que mi camello es perro viejo, le dejo hacer, aunque enseguida me uno a las tareas pastoriles, que consisten en evitar que ningún camello díscolo se aleje del grupo, que no entre ninguno de otro grupo, que no se tiren a rebozarse en el polvo (les encanta), que no se muerdan, o que no se paren a comer hierbajos. Son como niños, y saben exactamente cuando les estas reprendiendo aunque estén a veinte metros y metidos dentro del grupo.

Todo me resulta familiar, me recuerda a cuando de crío daba vuelta a las cuadras o 'ayudaba' a descargar camiones y contar los terneros a mi abuelo y mi tío. Aquí también hacen el conteo de camellos cada mañana. Mi aportación es voluntariosa pero escasa por mi poco arte montando.

Paramos a comer y pasamos las horas centrales del día tumbados a la sombra de un arbusto. No he hecho aún ninguna foto, y no tardan en pedírmelas... les molan mogollón.

Reanudamos la marcha. A la derecha tenemos siempre a la vista, a varios kilómetros, los palmerales y huertas que jalonan el Nilo. Pasamos también por unos agujeros a los que descienden escaleras de piedra: tumbas abandonadas por los arqueólogos.

Después de que se oculte el sol paramos un rato para el salat, el rezo.

Me doy cuenta de que voy a estar machacado en breve: empiezo a intuir magulladuras y rozaduras. Por suerte se pueden adoptar múltiples posturas encima del camello.

La luna no saldrá hasta un par de horas antes del amanecer, así que marchamos durante tres horas bajo la única luz de la vía Láctea y las constelaciones. Los camellos solo se intuyen por la masa ondulante de sus jorobas, que a veces contrastan ligeramente con la oscuridad, y por el ruido de sus pasos. Yo ya paso de pastorear, y me pongo a eschuchar música:

♪ Las estrellas celosas nos miraran pasar...♪
(Gardel y Le Pera)

♪... y la noche será la melodía extraña
que silba por la caña de mis huesos ♪

(Radio Futura)



CARAVANA (día 2)

Diana a las seis. Paramos en unos campos de cereal ya cosechado, donde dejan pacer a los camellos durante unas horas. Yo termino de leer 'Peregrinos apasionados', y comienzo con 'Terenci del Nilo', ambos muy apropiados en mi situación.

Bebo mucho, con la lección aprendida del Dánakil. Y, más por inmersión cultural que por otra cosa, meo a la árabe, en cuclillas. Además, me acuerdo de Richard Burton, quien viajó a La Meca disfrazado de árabe, y...

"... una noche se alejó de la caravana y se puso a orinar en el desierto. Por una vez no lo hizo en la postura que adoptaban los árabes. De repente, se topó con él un joven árabe que comprendió inmediatamente que era un impostor. Burton sacó su cuchillo con la rapidez del relámpago y se lanzó sobre el desdichado joven... "

Se trataba de su vida o la del muchacho, y al respecto dijo:

"El desierto tiene sus propias leyes, y en él, el hecho de matar es un delito menor."

Ya en Inglaterra, el médico de su novia le preguntó en una fiesta:

- ¿Cómo se siente después de haber matado a un hombre?
- Estupendamente, doctor. ¿Y usted?

Marchamos de nuevo. El paisaje se salpica de conos volcánicos muy erosionados y ya no se divisa la ribera del Nilo. Se torna también más agreste: ya no se ven terrenos nivelados ni zanjas, solo rodadas de vehículos como única huella humana. Cruzamos junto a muchísimos esqueletos de camellos, algunos aun recubiertos por el pellejo.

Cada vez con menos frecuencia nos cruzamos con algún vehículo, normalmente camiones con pasajeros encaramados sobre la carga. Esta es la orilla menos poblada del Nilo - y la otra no lo es mucho -.

La comida que guisan está buenisima, y las ropas árabes son muy cómodas. Yo no llevo la 'galabiya', la túnica blanca típica de estos lares, pero si el 'shirit' que me compre en Djibouti, con el que me protejo la cabeza del sol. Y cuando paran a hacer el rezo del atardecer me lo pongo en vez de los pantalones y duermo también con él... una prenda muy versátil.

Me mola la cultura árabe: te puedes rascar los huevos a discreción, hurgarte la nariz sin recato, eruptar a escape libre, rebuscar entre los dientes un tendoncillo, o chuparte los dedos mientras comes, entre bocado y bocado.

Como los colegas están curtidísimos, meten las manos en el cuenco de la comida cuando aun está hirviendo, y me dicen: "ñam, ñam" (expresión que adoptaron para el verbo 'comer' cuando me la oyeron)... acto seguido estoy blasfemando y quemándome las yemas de los dedos. El té y café se pueden y deben beber a sonoros sorbos.

Me siento muy machacado: llevo culo y piernas molidos. No quiero ni pensar lo doloroso que sería marchar al galope. Pero, cabalgando en el fresco de la noche, por primera vez saboreo la idea de continuar viaje después de Egipto.



CARAVANA (día 3)

Amanece bajo una luna afiladísima. A una hora de marchar paramos en una poza comunicada con el Nilo a que beban y se refresquen los camellos. Los camelleros se bañan y lavan la ropa que llevan puesta, y yo hago lo propio. El agua es de un color marrón profundo, y es la que vamos a beber los siguientes días y con la que van a cocinar... le da un curioso coloracho al té y al café. Eso sí, no sabe terrosa ni desagradable, deliciosa más bien .

El Nilo arrastra un limo negro y finísimo que se acumula en las orillas, tan blando que te puedes hundir en él como si fueran arenas movedizas: a mi me pasó por no hacer caso de la advertencia de los camelleros, y casi pierdo las sandalias. Contrasta con la pálida arena que traída por el viento a veces lo cubre.

El camello me ha perdido el respeto desde el segundo día, y no corre. Me mondan una rama de palmera para que la use de fusta, pero como si nada. Me costará todo el día recuperar parte de ese respeto.

Paramos al mediodía y no hay ni un pequeño arbusto que nos dé sombra, así que montan una coqueta y amplia tienda cónica, con un tronco central, y un entramado de cuerdas que cubren con mantas. Tomamos té, comemos, otro té, y dormitamos mientras aprieta el calor.

Tomamos café un par de veces al día, y incontables. No entiendo muy bien el gusto de tomar bebidas calientes cuando te estas muriendo de calor. Los árabes adoptaron la costumbre inglesa de tomar té, cambiándole el carácter estirado por el hospitalario, y conservando lo que tiene de noble y civilizado, quizá porque aplicaron a esa bebida la ceremonia que ya utilizaban con el café.

El terreno se va haciendo más irregular, y me doy cuenta de lo torpe e incomodo que es un camello en terreno accidentado. De todas maneras me siento bastante menos machacado que el día anterior, y pienso que hubiera podido aguantar las dos semanas de marcha.

Las sombras de los camellos van alargando sus patas conforme baja el sol, hasta que parecen haber escapado de un cuadro de Dalí.

Y el sol, que sale a nuestra derecha y se ocultará por nuestra izquierda, completa un arco por el que pasamos como si fuera una meta volante. Pero la meta final está unas horas más allá, bajo las estrellas.

"... la naturaleza en su forma más noble y admirable. Nuevamente puedo recrearme contemplando el desierto, inhalando el aliento puro y dulce de los cielos relucientes, y los rojos firmamentos que parecen arder sobre el mismo borde del horizonte."
(Richard Burton)

Este día, al desaparecer el sol tras el horizonte, dejando sobre este una franja anaranjada y al cielo huérfano de astros, un resplandor cruzó el azul. A la imaginación le resulta difícil aceptar que aquello haya sido una estrella fugaz cuando el resto de estrellas aun no han aparecido... más bien prefiere pensar que fuera una bengala, o un fuego artificial despistado.

Ya de noche el camello se tropezó y casi nos metemos los dos una hostia morrocotuda. Todavia me hago cruces de como no acabe en el suelo, pues iba pensando en las avutardas, y sentado en una posición muy poco ortodoxa.



CARAVANA (día 4)

Amanece sin luna. La luna nueva marca el comienzo del Ramadán. Nosotros, como viajeros, estamos exentos de observar sus restricciones.

Aunque el camello ya me hace algo de caso, debido al maltrecho estado de mis partes sensibles apenas lo volveré a poner al trote. Llevo el periné en carne viva y la ingle me molesta tanto que pienso que el calzoncillo me está seccionando la pierna. Unas rozaduras de cojones... literalmente.

El paisaje es más árido que en días anteriores, y el viento de cara (del norte) que había comenzado a soplar por la noche se va haciendo más molesto por la mañana hasta ser tan fuerte que levanta la arena. Pese a ir embozado en el shirit siento el desagradable crujir de los granos de arena bajo mis muelas.

Llevo sin beber cuatro horas desde que nos despertamos, y ninguno de los que están cerca de mi lleva agua. Lo incómodo de las condiciones de la marcha me hace difícil acercarme a otros. Aparece el fantasma de la sed, y pese a que no hay ningún peligro es una sensación que obsesiona:

"No es una muerte larga,... pero sí muy penosa, pues la sed era una auténtica enfermedad. El miedo y el pánico atormentan el pensamiento y en una o dos horas, convierten al hombre más valiente en un maníaco balbuceante que se tambalea; a continuación, el sol lo mata."(T. E. Lawrence)

Por suerte no tardamos en parar a comer y puedo beber. Algunos días, como este, no meo ni gota, y una frase me obsesiona: "Coca cola, sensación de vivir". Mi reino por una Coca Cola.

♪ La Coca-Cola siempre es igual
yo a veces tampoco puedo cambiar ♪

(Kiko Veneno)

De nuevo en marcha pasamos a unos cientos de metros del templo de Soleb, el mejor conservado de esa región, y paramos algo más adelante en una arboleda a orillas del Nilo a que beban los camellos. A cien metros están los restos de otro templo egipcio, el de Sedeinga, del que solo queda una columna en pie rodeada de bloques derrumbados.

Por la noche no tardamos en acampar, lo que significa descanso solo para mí, pues no hay momentos de ocio para los camelleros, que siempre tienen algo que hacer. Ha sido un día muy duro, en el que hemos cabalgado más horas de lo normal.

Parte de daños materiales: mi cámara no cierra por toda la arena que le ha entrado, he tenido que cortar las suelas despegadas de mis sandalias, mi mochila grande, colgada de la silla del camello, parece que va a reventar en cualquier momento con tanto vaivén, y la pequeña ha cascado definitivamente y la llevo metida en una camiseta para que no se caigan las cosas.


CARAVANA (día 5)

Quinto amanecer rodeado de camellos. Al poco de marchar contemplamos las primeras dunas de arena. Tienen forma de media luna, una anchura de unos cien metros, y están distanciadas entre si varios cientos, dispuestas en desordenada fila india.

Son lunas crecientes, expansionistas. Parecen naves galácticas lanzadas a la carga, a la conquista del sur, al que amenazan con sus puntas de cruasán.

Hablando de cruasanes: se inventaron en Viena, cuando estaba siendo sitiada por los otomanos, de ahí la forma de media luna... "Nos vamos a merendar a los moros".

Tengo la oportunidad de sentir cómo es el pisar del camello sobre la arena, y después de dos horas cabalgando llegamos a mi destino.

Han sido cuatro días y cinco noches con la caravana, recorriendo unos doscientos kilómetros. Me da pena despedirme de ella, pero no me quedo con ganas de más.



PEREGRINOS APASIONADOS, de James C. Simmons

Ya he hecho algún comentario de este libro, que pertenece al género de los libros cojonudos. Repasa una galería de viajeros, en su mayor parte ingleses del siglo XIX en sus recorridos por los desiertos de Oriente Próximo.

"....un cierto tipo de inglés al que atraía el desierto como escuela de abnegación y ruedo en el que definir su personalidad y comprobar el temple de su animo."

Por ejemplo, Lawrence de Arabia, un "firme seguidor de las doctrinas nietzscheanas de la supremacía de la voluntad y de la aceptación de las pruebas y de los dolores como medios de mejorar el conocimiento de uno mismo".

Supongo que el libro me ha gustado tanto por haber tenido la ocasión de intuir, e incluso compartir muchas de las experiencias e impresiones de estos peregrinos.

Aunque hoy en día ya no existen los beduinos (la conquista del desierto por los medios motorizados ha convertido su modo de vida en historia), he reconocido en las gentes que habitan las zonas desérticas por las que he pasado muchos de los rasgos que describieron estos viajeros:

"Creo que ese pueblo salvaje es más sabio que nosotros. Han resuelto el enigma de la vida no planteándoselo, simplemente."(Wilfrid Scawen Blunt)

"La vida en el pueblo nómada es agradable, se disfruta plenamente de la tierra y el aire más puro, al mismo tiempo que de la camaradería. Todo el día se permacene entregado al ocio en torno al entrañable fuego del café."(Charles M. Doughty)

"Los beduinos estaban libres de las dudas, que constituyen nuestra moderna corona de espinas."(T. E. Lawrence)

Muchos de estos viajeros, aristócratas ingleses, vieron en el pueblo beduino la encarnación de una nobleza y un ideal caballeresco que en Europa ya solo podían encontrar en sus árboles genealógicos.

"Pese a su extinción, los beduinos son todavía un referente moral en todo el mundo árabe. Los contemplan como antepasados vivientes, como herederos y testigos de la antigua gloria de una época heroica. De aquí la importancia que le dan al 'etos' beduino y su aristocrático código."

Entre estos viajeros no faltan mujeres, como Lady Anne Blunt, nieta de Lord Byron, y la más apasionada de todos estos peregrinos: Lady Jane Digby, un caso muy extraño para no ser un personaje de ficción: una vida exacerbadamente romántica con final feliz.

♪ My sweet Lady Jane
When I see you again
...
My dear Lady Anne
I've done what I can ♪

(The Rolling Stones)

También hay en este libro lugar para los exploradores españoles, y precisamente antes de iniciar este viaje visité el museo arqueológico de Madrid donde había una interesante exposición que celebraba a aquellos viajeros; 'La aventura española en Oriente'.

Uno de ellos, que tomó el nombre de Ali Bey - patrocinado nada más y nada menos que por Godoy en su primer viaje, y Chateaubriand en el segundo -, realizó la misma proeza que mayor fama le dió al ingles Richard Burton: peregrinar disfrazado a la ciudad de La Meca (prohibida bajo pena de muerte a los no musulmanes). Y lo hizo cincuenta años antes que Burton, y además a lo gran príncipe, con séquito y todo.

De todas maneras, Burton es sin duda el más extraordinario de todos ellos, un tipo extraordinario, "un aventurero, en el sentido intelectual, espiritual y físico"...



... SIR RICHARD BURTON

Explorador, soldado, diplomático, antropólogo, poeta, escritor, arqueólogo y erudito (también hipnotizador). Era uno de los lingüistas europeos más notables de su siglo. Hablaba fluidamente veintinueve idiomas y más de cuarenta dialectos. Tradujo al inglés Las mil y una noches (traducción adorada por Borges) y el Kama Sutra, y fue en su tiempo la mayor autoridad en costumbres sexuales de otras culturas. "Descubrir algo es mi manía principal", dijo.

Fue el primer hombre blanco que llego a Harar, la ciudad sagrada de Etiopía, (que yo visité hace unos meses). También el primero que se aventuró en el África oriental, en busca de las fuentes del Nilo. Era también la mayor autoridad mundial sobre el continente Africano, pero siempre expresó sus preferencias por el pueblo beduino y los desiertos árabes, en los que disfrutaba de "la mera existencia animal".

"El desierto significaba para Burton tanto una oportunidad para ejercitar su abnegación como un escenario donde desfiarse a si mismo, convirtiendo su peregrinación en una prueba de hombría que habría de agudizar su gusto por la vida."

"En América del norte le persiguieron indios salvajes. [...] Una señorita le pregunto en una cena si le había traído un recuerdo de su última aventura, como había prometido. Burton le lanzó al regazo una cabellera india."

"Era uno de los mejores espadachines de Europa, y un forofo del deporte. Se enfrentó con algunos de los mejores esgrimistas de Francia y los derrotó."

"Una vez se traslado a un bungalow con cuarenta monos de diferentes especies e intentó aprender su lengua. Mantenía el orden mediante el látigo, asignaba a los animales varios rangos y títulos, y designó a una mona como su mujer. Muy pronto se había hecho con un vocabulario de sesenta sonidos."

“Cortejó a una joven monja hasta que ella consintió en fugarse. Por desgracia, se equivocó en la oscuridad y penetró en la celda de la vicepriora, que se encontraba durmiendo. Cogió rápidamente aquella forma durmiente y corrió con ella fuera del convento sin descubrir el error hasta que no se encontraron en una playa cercana... ". ‘Hemos comido mierda’, dijo al darse cuenta”



ABRI

La caravana prosigue su marcha y yo me quedo en un par de barracas en las que sirven bebida y comida, y donde la gente descansa a la sombra de un porche sobre alfombras o camas hasta que llegue una barca que los pase al otro lado o les traiga las mercancías que están esperando.

A mí me toca esperar seis horas. El lugar es muy chulo, y los parajes que cruzamos en a la barca, haciendo escalas en la isla de Sai, son los más bellos que he contemplado a lo largo del Nilo.

Ya en la otra orilla me pongo a caminar con la mochila grande colgando, y con la pequeña destripada y envuelta en una camiseta. La población de Abri se encuentra varios kilómetros al norte. Un carretero me lleva por un trecho.

Estoy en el corazón de Nubia, con sus decoradas casas de adobe. También paso junto a algún cementerio, que en estos países son discretísimos: descuidados campos de estelas sin ningún tipo de cerramiento, por los que te puedes encontrar paseando si te despistas.

Luego unos lugareños me obligan a charlar con ellos un rato y a pillar un taxi. Llego al hotel y descubro con espanto que la policía ha prohibido fumar cachimba.

♪ Mucha, mucha, policía ♪
(Sabina)

Además de eso, con lo escocido que ando, no estoy para hacer excursiones, así que decido irme a Halfa lo antes posible a esperar el ferry a Egipto.

Voy a la panadería a comprar pan, pero me lo regalan, y le hago una foto a un colega que lleva una camiseta de Bin Laden. Aunque el pan está recién salido del horno, no me resisto y me lo como a palo seco... está buenísimo. Comprobado: el mejor cocinero es el hambre.

Como en todos estos países, las calles, y las orillas de los ríos, son un archivo de desperdicios. Me río de la supuesta conciencia ecológica de los pueblos primitivos.

Por la tarde me voy a ver la puesta de sol sobre los palmerales de la otra orilla. Sobre ellos sobresalen las dunas de arena.

En el patio de mi lokanda, aparte de las camas, hay alfombras dispuestas frente a un televisor, a guisa de cine de verano. Pese al volumen de la televisión y al alboroto no me cuesta dormirme.

Al día siguiente me bajo de un camión que iba a Halfa cuando ya estaba subido porque en el hotel me debían algún dinero, y porque me dicen que al día siguiente sale otro transporte que llega a Halfa a la vez que ese camión.

Luego, durante el día, las nuevas informaciones no son tan seguras acerca de ese supuesto transporte. Me cago en mi puta calavera, y maldigo una vez más mi falta de rapidez mental.

Estoy cansado, y solo deseo llegar a Halfa a esperar el ferry.

Mi tercer día en Abri ocurre lo inevitable: mantienen su palabra, y me dicen que el bus sale 'bokhra'... siempre 'bokhra', la maldición del 'bokhra'... Pese a que los diccionarios traducen está palabra como 'mañana', en realidad es un concepto que hace referencia a un futuro indefinido... viven en el futuro, y el presente es solo un lugar para tumbarse a la bartola sin hacer nada, a dejar pasar el tiempo y el calor. Encima es Ramadán, y está todo más muerto que pa qué.

Me sigo cagando un mi puta calavera, incluso en voz alta, pero finalmente consigo hacer "la luz en mí", como Ernesto Alterio en 'Días de fútbol', y me pongo por la tarde a ver a Les Luthiers. En esas estoy cuando oigo una bocina fuera del hotel... en cinco minutos me encuentro subido a la parte de atrás de un boksi con varios colegas más rumbo a Wadi Halfa... qué buena onda.



HACIA WADI HALFA

Cuanto más aisladas se encuentran las construcciones nubias que nos vamos encontrando, mayor es su colorido, y más trabajada su decoración.

Hacemos numerosas paradas para hacer apaños mecánicos en el 4x4 – que parece que no está en muy buen estado -, pero nadie se inmuta, parece como si lo extraño fuese lo contrario: que no hubiera averías.

Paramos también al atardecer, para rezar y cenar, y contemplo desde una terraza elevada un crepúsculo majestuoso: el sol hundiéndose en las aguas del Nilo, al que veo por primera vez encajonado entre montañas. Lo releva la luna creciente.

Conducimos varias horas de noche, parando a menudo para descansar y reparar el coche. Llegamos a Halfa y dormimos sin entrar a la ciudad - la cama, como la cena, estaba incluida en el precio -.



HALFA

A la mañana voy al hotel en el que estuve hace un mes, dejo ropa para lavar y compro mi billete para el ferry.

Conozco a una parejita de franceses que se dirigen también a Egipto. Son los primeros viajeros que me cruzo que han entrado a Sudán desde Etiopía. El visado lo consiguieron en Tanzania. Están recorriendo África en 4x4, y pese a la libertad que te da llevar tu vehículo, creo que también supone una atadura: por los papeles, por las averías, y porque es una preocupación cuando lo dejas abandonado. Además, viajas como en una burbuja, no tienes la oportunidad de conocer a gente local como en los transportes públicos, o como cuando vas andando de un lado a otro, y no sigues los ritmos y las esperas propios del lugar.

También hay otra pareja francesa, ya ancianos, que acaban de llegar de Egipto. Son los únicos mochileros que he conocido en Sudán, junto con los tres japos con que también coincidí en Halfa hace un mes. Admirables abuelillos.

En la policía, como era de esperar, me dicen por dos días seguidos que vuelva 'Bokhra' para conseguir el permiso de salida. Me quedo hablando con un poli majete que ya conocía (en Sudán hasta los polis y militares son simpáticos), y me dice que le enseñe fotos de mi viaje.

Después de mi experiencia en Dongola prefiero decirle que mi cámara está rota, por si aparece algún hijo de puta.

Tengo poco que hacer salvo esperar la salida del ferry, y me dejo llevar, enlentezco todavía más mis biorritmos. Con una cachi en la mano comienzo a leer unos cuentos del nobel egipcio Naguib Mahfuz, fallecido a finales de agosto. Como dátiles secos - duros, no blandos -, otro descubrimento gastronómico, me pirran.

Estos días en Halfa me voy arrastrando. Estoy como el comisario de 'Días de fútbol': "Tan, tan cansado". O como dicen en Canarias: cambao. Y chascao.

En fin, que después de acompañar al Nilo durante varios cientos de kilómetros me siento como un canto rodado. Que cante el viejo Bob:

♪ How does it feel
How does it feel
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?

Por fin llega el lunes. A las cuatro ya estoy a bordo del ferry que me llevará a Asuán. Busco un sitio a la sombra en la cubierta, bajo un bote salvavidas. No tardamos mucho en zarpar... una nueva partida.

♪ El tiempo y la distancia ya no existen para mi
Lo dejé todo aunque todo lo recuerdo muy bien
Y a fuerza de partir voy a saber lo que es volver, volver
uhhhh... volver ♪

(el Andres)



DESPEDIDA Y CIERRE

Con Sudán, ya he recorrido casi todos los escenarios en los que transcurren las aventuras del cómic "Los Escorpiones del desierto". Así es como se llamaba al Long Range Desert Group (LRDG), una unidad británica irregular formada en Egipto durante la WW II y compuesta exclusivamente por voluntarios.

Aunque me he quedado con las ganas de ver una tormenta de arena en el desierto, creo que me he ganado el derecho a llevar una medalla, que me pongo al estilo del Magic Andreu:

Si por momentos os da la impresión de que no solo os cuento mi viaje, sino que os estoy contando mi vida, sabed que no solo lo parece. Como bien apunta Terencio Moix:

"Todo viaje iniciatico tiene la autobiografia como base y justificacion"

Bueno amigos, no os doy más la brasa.

Un fuerte abrazo,
Santi


♪ Cada uno lo intenta a su manera
cada uno que cante lo que quiera. ♪


 

 

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