Llegar a Montréal fue casi como llegar a casa. Gerardo y Natasha
nos esperaban con los brazos abiertos, con gloriosas y largamente
añoradas empanadas, con una escandalosa mousse de chocolate y con
infinita paciencia para ver nuestras miles de fotos y escuchar las
anécdotas que estábamos ansiosos por compartir con la familia.
Pero más allá de sentirnos como en casa gracias a la
hospitalidad de nuestro hermanito y su encantadora musa,
Montréal en sí misma es una buenísima anfitriona. Uno no se
encuentra con ciudades como ésta muy seguido. Durante el día,
derrama “charme europeo” y provee todas las ventajas del
desarrollo norteamericano. En verano, al bajar el sol, la vida
nocturna chisporrotea con miles de actividades creativas y para todo
tipo de público. Es la ciudad de las mil
nacionalidades, todas atraídas por su amalgama intoxicante, mezcla
de la tradición y el “joie de vivre” galo con la innovación y
el optimismo que suele abundar en América del Norte. Es una de las
culturas urbanas más fascinantes que conocemos. En ningún lugar
hemos visto tanta cantidad de etnias, colores, religiones,
contexturas y combinaciones sexuales, conviviendo pacíficamente.
Puede parecer extraño que todos coexistan tan alegremente, pero
lo hacen. Franceses, ingleses, québécois, asiáticos,
indios, latinos, africanos...Una torre de Babel en la que de alguna
manera todos logran conservar su identidad y compartir un territorio,
sin fricción alguna.
Este delicioso mix de influencias ha transformado a la ciudad en
un banquete culinario multi-étnico y ha salvado a los montrealeses
de tener que consumir exclusivamente la comida local, que
sin ánimo de ofender, es muy parecida a la yanqui
y por ende, desabrida y abundante en grasas saturadas, garlic
and barbecue sauce (por algo los
restaurantes famosos en todas las ciudades son siempre italianos,
franceses, japoneses, tailandeses, mexicanos, chinos y nunca
“norteamericanos”)
Culturalmente, Montréal también es un
camaleón, con un caleidoscopio de identidades: “capital latina de
América del Norte”, “paraíso culinario”, “hub of hipdom”,
“mosaico de culturas,” “París sin tantos
parisinos”, para nombrar sólo algunos de sus “alias”.
Su Festival de Jazz es reconocido en todo el
mundo, su industria cinematográfica está en pleno auge y no en
vano, el estado de Québec (al que pertenece Montréal) es la cuna de
Guy Laliberté, el creador y fundador del Cirque du Soleil. El amigo
Guy comenzó como artista callejero, tocando el acordeón, haciendo
malabarismos y escupiendo fuego por las calles de Québec y Montréal
y en el año 2006, fue nombrado “Entrepreneur del año” por Ernst
& Young. Laliberté,
en su carácter de creador y fundador, es dueño del 95% de las
acciones del Cirque du Soleil, empresa que hoy cumple 25 años y está
valuada nada menos que en 1.200 millones de dólares...nada mal para
un grupo de payasos y acróbatas disfrazados en una carpa...
En nuestras semanas en Montréal, estamos disfrutando
de toda esta oferta de actividades: fuimos a ver una divertida
exposición de John Lennon y Yoko Ono, otra de Napoleón y tendremos
la oportunidad de ver el Festival de Fuegos Artificiales que se lleva
a cabo todos los años y donde compiten países de todo el mundo
(incluyendo Argentina) y algo del Festival de Jazz que les comenté
anteriormente. Como regalo de cumpleaños, fuimos al Cirque, ya que a
los 39 años sigo sintiendo que no hay mejor festejo que estar
rodeada por personajes que me hagan reír, con narices rojas y
zapatos enormes o con malabares y piruetas.
Esta ciudad puede que nunca llegue a competir
económicamente con Toronto y no tenga el marco de montañas y playa
de Vancouver. También es verdad que el clima de Montréal es
inclemente, sus inviernos son largos y encarnizados y el québécois
(la mezcla de francés, cordobés e
inglés que acá se habla) provocaría espamos en Montaigne y Balzac
ya que no es el acento francés más agradable para el oído, pero
todo eso se compensa con los atributos de la ciudad y con la actitud
de los montrealeses, quienes logran ser sofisticados, amigables y
tolerantes. Destaco especialmente esta última virtud, que como todos
sabemos, hoy escasea en casi todos los rincones del planeta, y sobre
todo, en casa...